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martes, 24 de mayo de 2011

Democracia real, ¡YA! - 3: Código rojo. Necesito instrucciones.

         A quien lea este mensaje. No sé quién eres, pero mis instrucciones dicen que eres mi contacto. Tampoco sé qué detalles conoces de la misión, y supongo que no me creerías desde cuándo te mando esto, tampoco estoy autorizado a decirlo. Lo que hice nunca se hubiera entendido y tuve que huir. No encontraron dónde, por lo que decidieron cuándo. Estoy bien, sé que hice lo correcto, porque sé cómo son ahora las cosas, en este tiempo ya nadie se acuerda de aquello, y todo es mejor. Sin embargo, algo ha ocurrido que me obliga a ponerme en contacto contigo, porque no sé qué pasará esta vez y hay que actuar con urgencia. Paso a informar de lo sucedido. Daré algunos detalles adicionales que creo que son importantes.  
        Esta mañana he salido a la calle con el afán habitual en estos tiempos, feliz, motivado, cargado con un optimismo socializado que también se ha hecho conmigo, y me encanta. Qué bien os vendría. Además es primavera, los Mayos siguen siendo iguales, la ciudad luce espléndida como queriendo dar relumbrón a esta jornada tan importante. Ya me encuentro bien, mis extraños problemas de sueño acabaron, llevo un par de semanas sin ellos, y me sentía totalmente despierto y animado. Hoy todos tenemos la misión de que todo siga así, a eso iba. 

miércoles, 9 de marzo de 2011

El cubículo


Todavía lo veo como si fuera ayer. Estaba sentado en el salón leyendo este libro sobre la guerra, la guerra civil española. Cualquiera que lo conociera un poco, yo el primero, sabría que aunque a simple vista lo pareciera, aquella escena no era normal. Sí, Paco lee mucho, pero no lee este tipo de libros, ni esos bestsellers que inundan las estanterías de los grandes almacenes, que si novela histórica, que si novela negra septentrional, que si la posguerra,… No, qué va, él va de listo y siempre está leyendo cosas raras. Seguro que estaría dispuesto a reconocerlo, no es lo habitual, es cierto, pero cuando uno se ve en una situación como ésta, en la que no entiende nada, en la que aquello que siempre has amado y defendido se ve sumido en un descrédito apabullante que te sonroja, ¡si éste ha llegado a presidente cualquiera puede ser Director General!, cuando unos que se suponen que defienden el progreso se aferran a sucesos ocurridos en un pasado oscuro y los que se supone que se basan en la tradición argumentan que son imprescindibles para asegurar el futuro, entonces, por éstas y por muchas más circunstancias, es preciso conocer más lo que ha pasado para entender lo que está pasando y qué es lo que puede pasar. Necesitaba documentarse.

martes, 8 de marzo de 2011

Era tan inteligente que carecía de vanidad.* (Sobre un momento imprescindible en la vida)

–Definir al hombre que hoy tenemos con nosotros es muy difícil, hay tantas cosas que decir y están todas tan repetidas por los medios que es imposible ser original. Pese a ello, déjenme contarles su historia  para tratar de aflorar algún dato nuevo. Nuestro invitado, William Midblind, se forjó desde jovencito, apuntaba como buen deportista y estudiante, pero comenzó a impresionar a todos, al mundo entero diría yo, por su talento en el juego del ajedrez. ¿Cómo empezó aquello, Mr. Midblind?
–Tenía 14 años. Mi problema con el ojo me impidió seguir practicando el tenis y me centré en otras cosas, el ajedrez entre ellas.
–Así es, aquel accidente jugando al tenis que le hizo perder la visión de su ojo derecho le quitó algo muy importante pero, de alguna manera, le abrió las puertas del potencial de su cerebro. Con 18 años arrasaba allí donde jugaba y con 22 se enfrentó a Boris Petrovniak por el título mundial. Todos recordamos aquella partida memorable, ocupó los prime-time de todas las TV del mundo y colapsó los accesos a Internet en la retransmisión on-line. Boris, el “Dios Ruso” claudicó desesperado ante el ataque genial de MIdblind que, sin parecer demasiado afectado, recibió las felicitaciones y alabanzas de un Boris desencajado, y luego del resto del mundo–. Todo el público presente en aquel plató de TV seguía ensimismado el discurso del presentador. –Todavía hoy se analiza en los mejores foros la metodología de esa jugada maestra.
William sonrió abrumado por el comentario. Era evidente que  añoraba aquel evento.

El pasado y el futuro


Se reía paseando con su hijo pequeño. Llegaron a Cibeles. Había mucha gente: jóvenes de cachondeo, viejos enfadados, muchos de ellos tenían pegatinas en el pecho, banderas tricolores, fotos antiguas de gente antigua. Gritaban no sabía qué de los fascistas y la guerra.
– ¿Qué hace toda esta genta aquí papá?, – preguntó el chaval.
Cómo le explico yo a mi hijo lo de los fascistas, pensó. Quizá el abuelo pudiera, ¿el abuelo?, ¡dónde estará el abuelo!
Subieron Alcalá. Ahora él parecía triste, pero el niño miraba divertido a la gente y preguntaba sin parar. Estaba claro que no entendía nada pero se divertía, los niños tienen esa facilidad de valor incalculable.
Al poco giraron.
–Mira hijo, la Gran Vía.
El niño se impresionó: la alfombra de coches, esa larga fachada en curva, el gran edificio al fondo.
Le cogió de la mano y avanzaron. Dejaron atrás aquello de los fascistas y la guerra.

Huida


Estás angustiado, tu cara te delata.
Te sudan las manos, te agitas en tu asiento, sólo la vista a toda velocidad desde el tren te relaja.
En la fila delantera aquellas chicas escandalosas llaman al revisor
-¿nos hace una foto, por favor?
Miras hacia allí y el flash te hiere. Fastidiado, observas cómo se apean corriendo.
Cuando el tren recupera toda su velocidad, te quedas petrificado. ¡Dios mío, he salido en la foto! Me pillarán, seguro.
Te levantas, absorto recorres el pasillo, abres la puerta, que está absolutamente prohibido, pero miras ciego el veloz paisaje y saltas.
Bienvenido.

Perjuicios colaterales

En la cama, mirando hacia el techo deslucido por el paso del tiempo, estrujaba por un extremo un papel en el que se podía leer: “No volverás a verla”. Así, sin apenas respirar, llevaba horas.
Alrededor estaban todos consternados: sus hijos, un par de adolescentes que miraban como tontos alrededor nunca sabremos si por angustia o por falta total de interés; sus dos hermanas, que se movían con el nervio propio de un mercenario de campaña por el norte de Africa;  y el médico del SAMUR, muy jovencito, que reclinado sobre el enfermo era evidente que ya no sabía qué hacer.
–¡Qué puta!–  dijo Encarna, –parecía una santa y mira… se larga. Y él, ¡un cabrón!
–pero, ¿cómo es posible?–, gritó Toñi.
–Lo pierdo, lo pierdo–  susurraba el médico angustiado.
Toñi, empujando sin contemplaciones al doctor, zarandeó violentamente a su hermano con desesperación:
–¡despierta, dinos qué ha pasado! ¿Qué te dijo?
El, después de semejante convulsión, reaccionó y movió los labios. El médico, sobresaltado, se puso de nuevo en su papel y acercó el oído a su boca. Tras unos segundos de silencio contenido por todos, su cara mudó, erguió su cuerpo, se giró y miró a los demás. Avergonzado, inició una sonrisa:
–Le dijo que bajaba por tabaco.

Sobre lo difícil que es ser madre

Martes. 17:30 h. Acababan de llegar al barrio y aquel parque en la comunidad les vendría perfecto, con los toboganes, su arenero y sus columpios. María y su hijo Carlos se acercaron revisando todo con mirada escrutadora.
–¡Qué curioso, cuántas madres para tan pocos niños! – pensó María.
No pudo evitar que el niño se soltara de su mano, los columpios se movían solos y le siguió divertida entre un grupo de mujeres.  
–Hola, buenas tardes– saludó tratando de resultar agradable. Se dio cuenta de que todas la miraban de una manera que le resultó extraña. –Bueno, tendré que empezar a hacer amigas– se dijo mientras Carlos comenzaba a columpiarse.
–Cuidado Carlitos, por favor, que eres muy bruto–, le dijo. Aunque ya llegaba demasiado alto en su balanceo, María sonrió y se dio la vuelta para buscar un banco en el que sentarse a leer un poco. Pero volvió a sentirse incómoda, –¿por qué me miran así?, ¿es que es un parque privado o qué?– Llegó a sospechar que allí había un problema de educación con las nuevas vecinas.
De repente sonó un ruido y reaccionó por puro instinto –Carlos, hijo, ¿estás bien?– El niño desde el suelo empezaba a llorar como solo lo hacen los niños y se manchó la mano con la sangre de su rodilla. –Vamos a casa, anda. Mira que siempre te digo que tengas cuidado, que eres muy bruto.
Mientras se iba con Carlos en brazos, María se sintió de nuevo observada de manera extraña y, de no ser porque el niño no dejaba de llorar, aquella vez se habría encarado con alguna de aquellas mujeres.

La lámpara lunar


La noche empieza mal, se dijo, detestaba la comida japonesa. Ana también lo sabía y aún así habían quedado en el Murakami. El sushi no le invitaba a ninguna agradable relación social y para matar el hambre se apañaría con un plato de ternera con nosequé.
Ricardo trató de resignarse, lo importante es la compañía, dicen. Alicia y Roberto. Odiaba los estereotipos y en absoluto era machista, pero no soportaba a Alicia, su mundo eran los artículos del Metropolitan y, claro, juntas a dos así y está liada; su marido Roberto solo habla de sus operaciones y lo importante que es la cirugía estética para el bienestar psicológico de sus clientes. Menos mal que también va Carmen a cenar, pensó. La conocía hace mucho tiempo y tenían muchas cosas en común aunque, admitió que con razón, empezaba a cansarse de él y de que no supere todo esto.
La vuelta a casa le relajó, no porque acabase todo aquello sino porque su cochazo era su oasis y la música proporcionaba una impagable niebla sonora que ocultaba la tirantez del silencio. Al salir del coche apreció con orgullo que la luna llena permitía ver claramente todo el magnífico jardín de la casa. Tengo que limpiar la piscina. Había muchas hojas y algo extraño flotando.

lunes, 25 de octubre de 2010

El fin está escrito


Era una noche fría, húmeda y ventosa, cuando él, abotonándose bien el abrigo sobre su cuerpo consumido y alzando el cuello por encima de las orejas agarró el tirador de la puerta para salir por fin a la calle. Sin embargo, en el último momento, volvió a dudar, se dio cuenta que no lo tenía claro y se detuvo.
Aquel año 2055 no estaba siendo un buen año. Aparte de todo lo que había pasado, era ese punto de inflexión que se dice que siempre hay en la vida de uno y que te descoloca. Por supuesto, sabía que no era el único con problemas, que bastante tenía la gente con todo aquello, pero era incapaz de entender por qué le estaba sucediendo a él, por qué había llegado hasta ese extremo.