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viernes, 29 de abril de 2011

Taedet Animam Meam

Traigo aquí hoy un texto de alguien que no formaría parte, en principio, del grupo de personajes literarios dignos de tener cabida en esta sección. Es del Libro de Job, del Antiguo Testamento. Su autor es desconocido, aunque se atribuye a Moisés. Estoy hablando del S. X antes de Cristo. Ha pasado mucho tiempo, pero eso no quita que hoy sea, para mí, muy pertinente.
Es un bello texto que, en latín, figura en ritos religiosos católicos, en la liturgia de maitines del Oficio de Difuntos. Aquí incluyo una traducción libre que he consensuado en varias fuentes.
Como complemento, también traigo un video de Officium Defunctorum, la obra de Tomás Luís de Victoria, el más genial de los músicos españoles de todos los tiempos, que se inicia con esta oración.
Un poco de silencio, por favor.



Mi alma está hastiada de mi vida.
Daré rienda suelta a mi queja;
hablaré con la amargura de mi alma.
Diré a Dios: no me condenes;
hazme entender por qué me juzgas así.
¿Te parece bueno oprimir y desechar la obra de tus manos
mientras resplandeces sobre el consejo de los malvados?
¿Acaso tus ojos son humanos?
¿Acaso ves como ve un hombre?
¿Son tus días como los días de un hombre; o tus años, como los de un mortal, para que indagues mi iniquidad y rebusques mi pecado?
Tú sabes que yo no soy culpable, y que no hay quien me libre de tu mano.
Job, 10, 1-7

martes, 15 de marzo de 2011

No es la inmoralidad de los grandes hombres lo que debería infundirnos temor...

Alexis de Tocqueville  1805-1859 
"No es la inmoralidad de los grandes hombres lo que debería infundirnos temor, sino más bien el hecho de que sea ésta la que, con tanta frecuencia, permite a los hombres alcanzar la grandeza."

Alexis de Tocqueville.

lunes, 14 de marzo de 2011

La peor maldad que nos ha acarreado la técnica...

Palabras de Stefan Zweig es su libro El mundo de ayer:


"La peor maldad que nos ha acarreado la técnica es la de impedirnos huir, ni que sea por un momento, de la actualidad. Las generaciones anteriores, en momentos de calamidad, podían refugiarse en la soledad y el aislamiento; a nosotros, en cambio, nos ha sido reservada la obligación de saber y compartir en el mismo instante lo malo que ocurre en cualquier lugar del globo".

Está escrito en los años 1939-40, poco antes de su suicidio. Por una parte, es obvio que encierra un claro sentimiento pesimista que le llevó a huir del mundo, sin conseguirlo hasta su decisión final; y por otro, la técnica de la que habla nada tiene que ver con la técnica que manejamos hoy en día que, sin duda, acentúa lo que dice. No sé, no soy en absoluto anti-tecnología,  pero algo hay de verdad en ello.

sábado, 12 de marzo de 2011

Carta de Joseph Roth

El 5 de agosto de 1915, Roth escribe una carta a la redacción del Österreichs Illustrierte Zeitung, ofreciendo con vehemencia sus primeros poemas:


Estimado señor redactor jefe:
Soy uno de esos a los que llaman poetas, locos o mendigos, o todo a un tiempo. Los tres atributos me cuadran, muy especialmente el último.
No es la nostalgia de la tinta impresa la que me hace escribirle, sino la necesidad. Hoy en día, enseña a no rezar. Nos hemos olvidado de rezar, porque hemos visto que era en vano. La necesidad enseña hoy a pedir. Pero el ruego se transforma en oración, y el hombre al que es dirigido se convierte en Dios. ¡Para mí, eso es lo que usted es ahora, señor redactor! Ojalá escuche mi ruego.
Si no lo sabe, sin duda intuye lo que es ser pobre. Qué pasa cuando se tiene una gran ansia en el corazón y no se lleva ni una moneda en el bolsillo. Cuando en los días de verano, con el cielo azul como en los cuentos, se quiere salir de la ciudad y se encuentra uno en el tranvía con la incómoda institución de los cobradores y controladores. Cuando no se puede salir a pie porque el corazón de un zapatero es duro, más duro que una suela de zapato. Cuando hay que quitarse el pan de la boca para escribir un poema en una hoja de papel limpio. Cuando hay que entregar las cartas en persona in loco, porque el correo exige tasas de franqueo. Cuando se ama la vida, y esa hermosa y diabólica mujer le rechaza fríamente a uno, como a un amante incómodo.
Si sabe usted todo esto, señor redactor, no echará este envío a la papelera. Sería una lástima, no tanto por mis poemas como por el hermoso y blanco papel…
*David Bronsen, Joseph Roth Eine Biographie, Colonia 1974 

Obtenido del libro Primavera de café, de Joseph Roth, Acantilado.